La belleza del huracán

07Jul10



El huracán Alex atravesó nuestra ciudad dejando espacios para reflexionar.

El lunes pasado, mientras sacaba lodo y ramas de su casa, Marcos, un jardinero que perdió todo, incluida su herramienta de trabajo, me platicaba que en los 20 años que lleva viviendo cerca del lecho del Río La Silla nunca había tenido un problema. Cansados por el esfuerzo con las palas, nos detuvimos para disfrutar la brisa que los enormes sabinos nos aseguraban. Viendo los árboles centenarios -firmes tras la tormenta- me aventuré a decir que vivir tan cerca del paraíso tiene su precio. Hizo una leve mueca y respondió que sí, después miró los enormes árboles y por primera vez sonrió con genuina alegría, y mientras sus ojos brillaban me dijo casi riendo, si viera que bonitos se veían con el río crecido.

Los seres humanos vivimos a través de la lectura que hace el cuerpo de todo aquello que nos rodea. Marcos podía ver su casa casi destruida, pero también podía sentir la fuerza llena de vida de aquellos árboles que le indicaban que no todo sería arrastrado. Utilizar todos nuestros sentidos amplifica la posibilidad de comprender y disfrutar la vida, particularmente al observar los rostros de aquellos y aquellas que nos rodean. Observar detenidamente y escuchar al otro más allá de las palabras, genera preguntas cuyas respuestas tienen que ver con eso que llamamos solidaridad.

Pero la violencia nos aleja de esa posibilidad. La desconfianza se ha vuelto el filtro con el que observamos al otro. Hoy más que nunca procuramos no hablar con extraños y el temor a perder lo poco -o mucho- que la sociedad de consumo nos obliga a tener, hace que toda persona, en el fondo de nuestras fantasías, sea un delincuente en potencia. No pasaba un solo día sin hablar de la violencia, hasta que llegó el 1o de julio y Monterrey cambió de tema. Se impuso la realidad que nos dejó Alex. Abrió calles, destruyó avenidas, desapareció casas, se llevó vidas, y dejó a miles de neoloneses desamparados. En un decir: le cambió el rostro a la ciudad.

Marcos no vivía solo, su familia y vecinos también lo perdieron todo. Tras el desastre algunos trabajan, otros descansan, y otros muchos miran con asombro. Se acerca un vecino a pedir una cegueta, pero ya la prestaron. Se acercan otras personas, vienen de una asociación me dice Marcos, van a ubicar el lugar en el que prenderán una pequeña fogota para calentar la comida para los vecinos. El solidario no piensa cuando va en ayuda del otro, no le importa si es un familiar, un vecino o un completo desconocido; no calcula.

La solidaridad surge de observar con el corazón abierto lo que sucede a nuestro alrededor, no sin antes hacer lo mismo en nuesto interior. Solo así podremos responder al nuevo rostro de Monterrey.

* Texto publicado -un fragmento- en Publimetro, el 7 de julio de 2010.


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